El día en que decidimos encender la luz

Por: Juan Carlos Jara

Hay países que se acostumbran tanto a vivir dentro de sus problemas que, con el tiempo, terminan creyendo que esos problemas forman parte natural del paisaje.

Como aquella vieja casa en la que había una gotera en el techo.

Cada vez que llovía, el dueño colocaba un balde debajo.

Pasaron los años.

Cambió el balde varias veces.

Lo pintó.

Lo movió de lugar.

Alguna vez hasta discutió con su familia acerca de quién debía vaciarlo.

Pero nunca reparó el techo.

Y así, curiosamente, el problema dejó de ser la gotera.

El problema pasó a ser cómo administrar el balde.

Algo parecido nos ha ocurrido demasiadas veces en Honduras.

Y lo digo con el respeto de quien observa este país desde afuera, como extranjero, pero con profunda admiración por su gente, su potencial y su historia.

Durante décadas se ha aprendido a administrar dificultades, que deberían haberse resuelto de raíz.

Y el sistema energético probablemente sea uno de los ejemplos más evidentes.

Gobiernos que llegan. Gobiernos que se van. Administraciones diferentes. Discursos diferentes. Responsables diferentes.

Pero las pérdidas quedan.

La deuda queda.

Las deficiencias quedan.

Y, fundamentalmente, la incertidumbre queda.

Por eso creo que la discusión que hoy llega al Congreso Nacional alrededor del futuro energético del país debería ser observada desde una dimensión bastante mayor que una simple reforma legal.

Honduras tiene delante una oportunidad.

No para resolver mágicamente décadas de problemas mediante una ley.

Eso sería ingenuo de pensar..

Pero sí para comenzar a cambiar, con inteligencia, un círculo vicioso por un círculo virtuoso.

Y esa diferencia es enorme.

Porque una ENEE financieramente saludable no debería ser una fantasía.

¿Por qué Honduras tendría que resignarse eternamente a que su empresa energética sea sinónimo de pérdidas, déficit y problemas?

¿Por qué no imaginar una ENEE eficiente, profesional, transparente, técnicamente administrada y capaz, algún día, de generar superávit?

Una empresa pública que no sea una carga para el Estado, sino un activo del Estado.

Pero también, ( y esto es clave en este momento histórico ), una empresa y un sistema donde la competencia real tenga un rol central.

Donde convivan, de manera equilibrada y regulada, los generadores con base fósil y los generadores de energía limpia.

Donde la apertura permita sumar capacidades, inversiones, tecnología y eficiencia.

Porque este no es un momento para excluir, sino para integrar lo mejor de todos los actores posibles.

Ese debería ser el verdadero desafío.

Y esa competencia, bien diseñada, no debilita al sistema: lo fortalece.

Porque cuando hay reglas claras y participación amplia, los costos tienden a mejorar, la eficiencia aumenta y los precios finales al consumidor, sea usuario residencial o industria; pueden volverse más razonables y sostenibles.

Pero existe algo todavía más importante.

La energía puede ser el comienzo de una nueva manera de pensar Honduras.

Porque quizás esta discusión permita instalar definitivamente un concepto, que el país necesita incorporar a su vocabulario político:

Políticas de Estado.

Las políticas de Estado comienzan exactamente donde terminan las conveniencias de un gobierno.

No pertenecen al Partido Nacional.

No pertenecen al Partido Liberal.

No pertenecen a LIBRE.

Pertenecen a Honduras.

Son aquellas decisiones fundamentales que un país toma y respeta independientemente de quién gane las próximas elecciones.

Energía.

Educación.

Seguridad.

Infraestructura.

Inversión.

Empleo.

Justicia.

Hay temas sobre los cuales Honduras ya no debería comenzar nuevamente cada cuatro años.

Porque ningún empresario serio invierte millones preguntándose solamente quién gobierna hoy.

También quiere saber qué ocurrirá mañana.

Quiere reglas.

Quiere previsibilidad.

Quiere instituciones.

Y, fundamentalmente, quiere seguridad jurídica.

El capital nacional necesita saber que puede crecer.

Y el capital extranjero necesita comprender que Honduras puede convertirse en un lugar confiable para invertir.

Eso no se consigue con discursos.

Se consigue cuando un país demuestra que determinados acuerdos sobreviven a los gobiernos.

Allí comienza la confianza.

Y donde existe confianza, comienza a llegar la inversión.

Después llega el empleo.

Después crece el consumo.

Después aumenta la recaudación.

Y entonces el Estado dispone de mayores recursos para invertir nuevamente en infraestructura, educación, salud y seguridad.

Ese es el círculo virtuoso.

No tiene demasiados secretos.

Pero requiere algo que muchas veces resulta más difícil que conseguir dinero:

ponernos de acuerdo.

Por eso quisiera que esta discusión energética no termine convertida en otra pelea entre buenos y malos.

Que nadie pretenda tener toda la razón.

Que se escuchen las observaciones.

Que se corrija lo que deba corregirse.

Que exista transparencia.

Que se proteja al usuario.

Que se protejan los intereses del Estado.

Y que, al mismo tiempo, se entienda que este es un momento donde Honduras necesita de todos: de los mejores, de los más eficientes, de los que ya están y de los que pueden llegar.

De los generadores con base fósil y de los generadores de energía limpia.

De la inversión pública y de la inversión privada.

Porque solo la suma inteligente de capacidades puede lograr un sistema más robusto, más competitivo y más justo.

Y que, finalmente, el Congreso Nacional; construya la mejor ley posible.

No la ley de un partido.

No la ley de un gobierno.

La ley que Honduras necesita.

Porque posiblemente dentro de algunos años nadie recuerde quién pronunció el discurso más encendido durante este debate.

Pero millones de hondureños sí sabrán si pagan una energía razonable.

Los empresarios sabrán si pueden producir competitivamente.

Los inversionistas sabrán si vale la pena traer su capital.

Y el país sabrá si aquella ENEE que durante tantos años representó un problema consiguió finalmente transformarse en una empresa eficiente y sostenible.

Quizás entonces se comprenda, que aquella discusión nunca fue solamente sobre electricidad.

Era sobre algo bastante más profundo.

Era sobre aprender a construir acuerdos.

Era sobre generar confianza.

Era sobre respetar reglas.

Era sobre pensar más allá de una elección.

En aquella vieja casa de nuestra historia, un día alguien finalmente guardó el balde.

Subió al techo.

Y reparó la gotera.

Ese día no dejó simplemente de entrar agua.

Ese día cambió la manera de enfrentar los problemas.

Honduras tiene hoy una oportunidad parecida.

Porque la energía ilumina las casas, mueve las industrias y enciende las ciudades.

Pero las buenas instituciones, la seguridad jurídica y las políticas de Estado son las que verdaderamente pueden iluminar el futuro de una nación.

 

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