El día que mi mamá se fue

Por: María Larissa González Molina

Semanas antes de la partida de mi mamita linda a la presencia del Señor, vivimos unas vacaciones preciosas en Coyolito. Disfrutamos cada momento. Ella estaba feliz porque compartiría esos días con su nieta, el novio de ella, su hermana, mi papá y conmigo.

Quienes conocieron a mi mamá saben cuánto le gustaba viajar. Lamentablemente, fue en ese viaje donde sufrió el golpe en su cabeza que marcó el inicio de su calvario y, sin que nosotros lo supiéramos, también el comienzo de su regreso a la Casa del Padre.

El día que tuvimos que llevarla al hospital fue diferente. La vi nerviosa; nunca antes la había visto así. Mi mamá era una mujer de una fe inquebrantable, segura de sí misma y siempre confiada en Dios. Al salir de su casa, vi en sus ojos la misma mirada que muchos años antes vi en mi hermano cuando también salió en una camilla rumbo al hospital. Desde que llegamos a la emergencia, no pude dejar de llorar. En lo más profundo de mi corazón sentía que mi mamá ya no volvería a su hogar.

Siguió una semana muy dura para toda la familia. También para su médico, a quien siempre estaremos profundamente agradecidos. Trató a mi mamá como la reina que era e hizo todo lo humanamente posible para salvarla. Pero Dios, en su infinita misericordia, tenía otros planes para ella. Desde el día en que nacemos, solo Él conoce la hora de nuestro regreso, y esa era la hora que había dispuesto para mi mamá.

Durante esa semana aprendimos muchas lecciones. Descubrimos el inmenso amor que une a una familia en los momentos más difíciles; la solidaridad de los buenos amigos que nunca nos dejaron solos; el cariño fraterno de nuestros hermanos de comunidad y de los grupos de oración; pero, sobre todo, comprendimos que Dios siempre tiene la última palabra y que nuestra misión es aceptar su santa voluntad, aunque nos duela.

El día que mi mamá partió fue como si una luz se apagara lentamente. No sufrió; simplemente se apagó, rodeada del amor de su esposo, el amor de su vida, mi papá, con quien compartió más de 64 años de matrimonio. Como dice el padre Juan Ángel: “Ella lo escogió a él para formar su familia.” Y qué hermosa familia construyeron juntos.

Ese día desfilaron por mi mente los recuerdos de mi infancia, las alegrías, las enseñanzas y también las preocupaciones que ella tenía por mí.

Le preocupaba que nunca hubiera formado un hogar y que no me hubiera casado. También le dolían las injusticias que yo vivía. Recuerdo cuando le conté que una señora escribió en una red social que yo le pegaba. Mi mamá, entre sorprendida y sonriente, me respondió:

“Está loca esa señora. Se nota que no me conoce. Jamás me dejaría pegar de vos, ni de nadie.”

Y luego agregó:

“Dejala. Dios se va a encargar de ella, porque vino a dañar nuestra paz.”

En otra ocasión le conté que una persona estaba siendo un obstáculo para mi nombramiento en el trabajo. Ella, con esa serenidad que solo tienen las almas que confían plenamente en Dios, me dijo:

“Dejala. Orá por ella. Lo único que tiene es poder humano; no tiene caridad. Cuando llegue el momento de dar cuentas a Dios, las dará. Vos solo orá.”

En aquel momento no comprendí del todo sus palabras. Quería pelear mis propias batallas, demostrar que tenía la razón y hacer justicia por mis propias fuerzas.

Hoy entiendo que mi mamá no me estaba enseñando a rendirme. Me estaba enseñando a confiar. Me estaba enseñando que hay cruces que solo pueden llevarse de la mano de Dios y que existen batallas que únicamente Él puede pelear por nosotros.

Ella hizo exactamente eso cuando perdió su movilidad. Sufría en silencio, pero jamás perdió la fe. Nunca reclamó a Dios. Le entregó su dolor con amor, y esa fue una de las lecciones más grandes que me dejó.

Con el paso de los días he visto los frutos de esa enseñanza. He comprendido que el perdón libera, que la fe sostiene cuando las fuerzas se acaban y que el amor de una madre nunca termina con la muerte.

Hoy me quedo con esta certeza: hay lu

[2/7, 9:23 a.m.] Armando Villanueva: Por Maria Larissa GONZÁLEZ Molina

 

Semanas antes de la partida de mi mamita linda a la presencia del Señor, vivimos unas vacaciones preciosas en Coyolito. Disfrutamos cada momento. Ella estaba feliz porque compartiría esos días con su nieta, el novio de ella, su hermana, mi papá y conmigo.

Quienes conocieron a mi mamá saben cuánto le gustaba viajar. Lamentablemente, fue en ese viaje donde sufrió el golpe en su cabeza que marcó el inicio de su calvario y, sin que nosotros lo supiéramos, también el comienzo de su regreso a la Casa del Padre.

El día que tuvimos que llevarla al hospital fue diferente. La vi nerviosa; nunca antes la había visto así. Mi mamá era una mujer de una fe inquebrantable, segura de sí misma y siempre confiada en Dios. Al salir de su casa, vi en sus ojos la misma mirada que muchos años antes vi en mi hermano cuando también salió en una camilla rumbo al hospital. Desde que llegamos a la emergencia, no pude dejar de llorar. En lo más profundo de mi corazón sentía que mi mamá ya no volvería a su hogar.

Siguió una semana muy dura para toda la familia. También para su médico, a quien siempre estaremos profundamente agradecidos. Trató a mi mamá como la reina que era e hizo todo lo humanamente posible para salvarla. Pero Dios, en su infinita misericordia, tenía otros planes para ella. Desde el día en que nacemos, solo Él conoce la hora de nuestro regreso, y esa era la hora que había dispuesto para mi mamá.

Durante esa semana aprendimos muchas lecciones. Descubrimos el inmenso amor que une a una familia en los momentos más difíciles; la solidaridad de los buenos amigos que nunca nos dejaron solos; el cariño fraterno de nuestros hermanos de comunidad y de los grupos de oración; pero, sobre todo, comprendimos que Dios siempre tiene la última palabra y que nuestra misión es aceptar su santa voluntad, aunque nos duela.

El día que mi mamá partió fue como si una luz se apagara lentamente. No sufrió; simplemente se apagó, rodeada del amor de su esposo, el amor de su vida, mi papá, con quien compartió más de 64 años de matrimonio. Como dice el padre Juan Ángel: “Ella lo escogió a él para formar su familia.” Y qué hermosa familia construyeron juntos.

Ese día desfilaron por mi mente los recuerdos de mi infancia, las alegrías, las enseñanzas y también las preocupaciones que ella tenía por mí.

Le preocupaba que nunca hubiera formado un hogar y que no me hubiera casado. También le dolían las injusticias que yo vivía. Recuerdo cuando le conté que una señora escribió en una red social que yo le pegaba. Mi mamá, entre sorprendida y sonriente, me respondió:

“Está loca esa señora. Se nota que no me conoce. Jamás me dejaría pegar de vos, ni de nadie.”

Y luego agregó:

“Dejala. Dios se va a encargar de ella, porque vino a dañar nuestra paz.”

En otra ocasión le conté que una persona estaba siendo un obstáculo para mi nombramiento en el trabajo. Ella, con esa serenidad que solo tienen las almas que confían plenamente en Dios, me dijo:

“Dejala. Orá por ella. Lo único que tiene es poder humano; no tiene caridad. Cuando llegue el momento de dar cuentas a Dios, las dará. Vos solo orá.”

En aquel momento no comprendí del todo sus palabras. Quería pelear mis propias batallas, demostrar que tenía la razón y hacer justicia por mis propias fuerzas.

Hoy entiendo que mi mamá no me estaba enseñando a rendirme. Me estaba enseñando a confiar. Me estaba enseñando que hay cruces que solo pueden llevarse de la mano de Dios y que existen batallas que únicamente Él puede pelear por nosotros.

Ella hizo exactamente eso cuando perdió su movilidad. Sufría en silencio, pero jamás perdió la fe. Nunca reclamó a Dios. Le entregó su dolor con amor, y esa fue una de las lecciones más grandes que me dejó.

Con el paso de los días he visto los frutos de esa enseñanza. He comprendido que el perdón libera, que la fe sostiene cuando las fuerzas se acaban y que el amor de una madre nunca termina con la muerte.

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