Por: Marcio Sierra
Los hondureños tenemos un país en el que la cultura, no obstante que es un pilar fundamental sobre el que se construye el desarrollo de la nación, es desatendida crónicamente, no le hemos puesto atención real al conjunto de valores, las creencias, las normas, el conocimiento y los comportamientos que orientan nuestra vida social, en consecuencia, trabajamos con baja efectividad productiva, poca innovación y bajo una organización laboral débil para enfrentar los desafíos que plante el mercado interno e internacional. Somos un país bastante alejado del desarrollo sostenible, tenemos un crecimiento económico rezagado que contribuye muy poco al desarrollo de una cultura basada en una educación fortalecida, con responsabilidad ética, legalidad, solidaridad y el respeto por el bien común.
El enfoque político que pone la mirada exclusivamente en la disponibilidad de recursos o en la inversión extranjera no necesariamente va a lograr el desarrollo nacional. Si bien Honduras dispone de recursos naturales y obtiene inversión extranjera, el alto nivel de prosperidad solamente se alcanza fomentando una cultura que promueva la creación de trabajo, la disciplina, la innovación y el respeto a las instituciones. El desarrollo de Honduras está atrasado porque mantiene prácticas culturales que toleran la corrupción, el clientelismo, la impunidad y la falta de compromiso con el interés comunitario.
Es el bajo nivel de desarrollo cultural lo que influye directamente en la deficiente productividad, la baja calidad de la educación, la alta desconfianza entre ciudadanos y el mal funcionamiento de las instituciones. En Honduras, la educación no es el principal vehículo para transmitir la cultura de una generación a otra. Tenemos una educación floja cuya calidad no asegura la formación de profesionales competentes, sino ciudadanos poco comprometidos con desarrollar la democracia, la convivencia y el desarrollo nacional. Somos deficitarios en la formación de valores cívicos, el fortalecimiento de la participación ciudadana, la reducción de la violencia y la promoción de una mayor responsabilidad social. La verdad es que hasta nuestra identidad no es fortalecida, que es el elemento indispensable para consolidar la cohesión social. Somos un país cuya población, en su mayoría, desconoce su historia y desvalorizan el desarrollo de su patrimonio, al no darle sentido de pertenencia y compromiso al futuro de país.
Nuestro desarrollo enfrenta grandes obstáculos culturales relacionados con la débil institucionalidad que reflejan los poderes del Estado, concretamente en el poder judicial, en donde la manipulación política por la incidencia que ejerce el caudillismo melista, genera una corrupción que aun deambula sigilosa, un clientelismo político intensivo y una limitada valoración de la educación y la investigación científica. Tenemos que superar estas limitaciones para poder transformar nuestra cultura en el largo plazo, fortaleciendo la ética pública, el respeto por la ley, la productividad y la participación ciudadana. Se trata de lograr una transformación que debe comenzar en la familia, la consolidación del sistema educativo de calidad y reforzar la transparencia en los poderes del Estado y lograr el interés de los lideres políticos por el desarrollo nacional.
En fin, entendamos que la cultura representa el capital invisible que impulsa o limita el desarrollo de Honduras. Nuestra sociedad necesita robustecer valores como el trabajo, la educación, la innovación, la honestidad y el respeto por las instituciones que generan mayores oportunidades de bienestar y progreso. O sea, hay que emprender un desarrollo nacional que no dependa únicamente de las políticas económicas, sino también de la construcción de una formación cívica que convierta a cada ciudadano en protagonista del crecimiento, de la democracia y el fortalecimiento del Estado. Necesitamos impulsar la transformación cultural como la condición indispensable para alcanzar el desarrollo inclusivo, sostenible y duradero.