El País que Todavía Estaba a Tiempo…  (pensamientos, en medio del Mundial)

Por: Por: Juan Carlos Jara – Consultor Político Argentino

Dicen que existen pueblos que nacen grandes.

Y existen otros que, en algún momento decisivo de su historia, toman la determinación de serlo.

La diferencia nunca estuvo solamente en la riqueza de sus montañas, en la fertilidad de sus tierras o en el tamaño de su economía.

La diferencia siempre estuvo en la capacidad de su gente para entender que ningún país se desarrolla por casualidad.

Los países se construyen.

Se piensan.

Se planifican.

Y, fundamentalmente, se conducen con una estrategia capaz de transformar las necesidades de la gente en decisiones concretas.

Hace algún tiempo, mientras observaba cómo mi querida Argentina volvía a levantarse después de muchas frustraciones, ( una enseñanza que nuestra Selección de fútbol apenas ayudó a simbolizar );  comprendí que las verdaderas victorias de una nación nunca ocurren dentro de una cancha.

Las victorias importantes suceden cuando una sociedad recupera la confianza en sí misma.

Desde entonces, cada vez que camino por Honduras percibo una pregunta que no siempre se pronuncia en voz alta, pero que puede advertirse en la mirada de su gente:

¿Cuándo llegará nuestro momento?

¿Cuándo llegará el momento de vivir con mayor seguridad?

¿Cuándo llegará el empleo digno?

¿Cuándo los jóvenes podrán soñar con desarrollar su vida en su propia tierra, sin tener que marcharse para encontrar oportunidades?

¿Cuándo una madre podrá acostarse tranquila, sabiendo que sus hijos tendrán un futuro un poco mejor que el presente que le tocó enfrentar?

La respuesta no dependerá exclusivamente de un presidente.

Tampoco de un partido político, de un empresario, de un dirigente social o de una institución determinada.

Dependerá de que todos comprendan que un país no se construye desde la confrontación permanente.

Se construye desde un propósito compartido.

Las naciones no prosperan porque todos sus ciudadanos piensen igual.

Prosperan cuando quienes piensan distinto son capaces de sentarse alrededor de una misma mesa para resolver los problemas que afectan a todos.

Porque la pobreza no pregunta colores políticos.

La inseguridad tampoco.

El desempleo no reconoce ideologías.

El hambre no distingue entre oficialismo y oposición.

Por eso resulta incomprensible que todavía se desperdicien tantas energías profundizando diferencias, alimentando resentimientos y construyendo enemigos, mientras el reloj continúa avanzando sin contemplaciones.

Y Honduras ya no tiene tiempo para perder.

Cada jornada desperdiciada en disputas estériles representa una oportunidad menos para un joven que busca su primer empleo.

Es una dificultad adicional para un emprendedor que intenta crecer.

Es una nueva preocupación para el pequeño empresario que lucha por mantener abiertas las puertas de su negocio.

Es otra esperanza postergada para miles de familias hondureñas.

He repetido muchas veces, en mis conversaciones con dirigentes y líderes políticos, una reflexión que considero fundamental:

Hay que comenzar a gobernar con la cabeza y no con las vísceras.

Gobernar con la cabeza significa pensar antes de reaccionar.

Significa comprender que el Estado no puede administrarse desde el enojo, la revancha o el resentimiento.

Significa tomar decisiones mirando hacia adelante y no intentando cobrar cuentas del pasado. Pero hay que “Tomar Desiciones”. Sabiendo que no todas ellas, será de color “rosa”. Sabiendo que muchas veces, para curar hay que cortar y quitar lo que hace daño; lo que hace mal.

Las vísceras gritan.

La cabeza piensa.

Las vísceras buscan enemigos.

La cabeza encuentra soluciones.

Las vísceras necesitan confrontar para sentirse fuertes.

La cabeza comprende que la verdadera fortaleza de un líder está en unir, ordenar y construir.

Honduras necesita líderes políticos que piensen.

Que tengan la serenidad suficiente para comprender que la oposición no es un enemigo al que se debe destruir, sino una parte legítima de la democracia.

Una nación madura necesita una oposición responsable que controle, proponga y señale errores.

Pero también necesita un gobierno capaz de escuchar sin sentirse amenazado, corregir sin considerarlo una derrota y aceptar las buenas ideas, independientemente de quién las presente.

La política no debería ser el arte de insultarse mejor.

Debería volver a ser el arte de transformar la realidad.

Las sociedades exitosas no son aquellas en las que desaparecen las diferencias.

Son aquellas en las que las diferencias dejan de impedir el desarrollo.

La estrategia consiste precisamente en eso.

En transformar los desacuerdos en acuerdos mínimos.

En convertir las mejores ideas en políticas de Estado.

En comprender que una propuesta no deja de ser valiosa porque provenga de alguien que piensa distinto.

Y en aceptar que ninguna victoria partidaria puede considerarse completa mientras una gran parte de la sociedad continúa perdiendo.

El verdadero liderazgo no consiste en vencer adversarios.

Consiste en convencer voluntades.

No consiste en imponer miedo.

Consiste en generar confianza.

Porque cuando existe confianza, llega la inversión.

Cuando llega la inversión, se genera empleo.

Cuando se genera empleo, comienza a disminuir la pobreza.

Y cuando una familia recupera la posibilidad de vivir con dignidad, la esperanza deja de ser solamente una palabra bonita para convertirse en una realidad cotidiana.

Ese es el camino.

No existe otro.

Como argentino, he aprendido que ningún pueblo está condenado para siempre cuando decide trabajar unido detrás de un objetivo superior.

Y como consultor político internacional, que ha tenido el privilegio de conocer, recorrer y trabajar en Honduras, estoy convencido de que este país posee todo lo necesario para escribir una de las historias de desarrollo más importantes de nuestra región.

No necesita milagros.

Necesita dirección.

No necesita salvadores.

Necesita liderazgo.

No necesita discursos cargados de rencor.

Necesita decisiones cargadas de inteligencia.

No necesita alimentar una grieta social que probablemente tarde muchos años en cerrarse.

Necesita construir puentes antes de que sea demasiado tarde.

Porque algún día los hondureños también merecen salir a las calles para celebrar.

No para festejar la derrota de un adversario.

No para burlarse de quienes piensan distinto.

No para celebrar que una parte del país se impuso sobre la otra.

Sino para abrazarse entre vecinos y comprender que, después de tantos años de esfuerzo, sacrificio y esperanza, finalmente Honduras comenzó a estar mejor.

Ese será el día en que este país habrá alcanzado su victoria más importante.

No una victoria electoral.

No la victoria de un gobierno.

No el triunfo de un partido político.

Sino la victoria de una sociedad que aprendió a pensar su futuro por encima de sus diferencias.

Porque, al final de cuentas:

 

Los pueblos no cambian cuando cambian sus gobiernos. Los pueblos cambian cuando deciden cambiar su destino.

 

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