Por: Juan Carlos Jara
En política existe una realidad que no admite discusión.
La gente no evalúa intenciones.
La gente evalúa resultados.
Y cuando los resultados no llegan con la velocidad esperada, comienza a instalarse una sensación de impaciencia que, con el tiempo, puede transformarse en frustración.
Honduras atraviesa hoy uno de esos momentos.
No hablo desde la oposición. Tampoco desde la crítica fácil que suele aparecer en algunos sectores. Hablo desde la experiencia que me ha tocado acumular durante años asesorando gobiernos, campañas presidenciales y procesos institucionales en distintos países.
Y precisamente por esa experiencia, entiendo que el principal desafío que enfrenta actualmente la administración del presidente Nasry Asfura no es político.
Es perceptual.
La mayoría de los hondureños reconoce la buena voluntad del Presidente.
Reconoce su capacidad de trabajo.
Reconoce incluso su enorme conocimiento de la gestión pública.
Pero al mismo tiempo, una parte importante de la ciudadanía comienza a preguntarse cuándo comenzarán a sentirse los cambios prometidos en la vida cotidiana.
Porque la realidad de la gente sigue siendo compleja.
La inseguridad continúa preocupando.
El costo de vida continúa golpeando a las familias.
La generación de empleo todavía no alcanza los niveles que la población espera.
La inversión privada aún necesita señales más fuertes de confianza y dinamismo.
Y frente a ese escenario, la percepción pública comienza a exigir mayor velocidad.
No necesariamente más anuncios.
No necesariamente más discursos.
Simplemente más acción.
Más presencia.
Más ejecución.
Más resultados visibles.
Y aquí aparece un fenómeno político interesante que merece ser analizado con serenidad.
Mientras el Poder Ejecutivo aún se encuentra organizando gran parte de su agenda de transformación, el Poder Legislativo ha logrado instalar una dinámica de trabajo que es percibida por amplios sectores como constante, ordenada y efectiva.
Bajo la conducción de Tomás Zambrano, el Congreso Nacional ha conseguido desarrollar una velocidad institucional propia.
Existe coordinación.
Existe agenda.
Existe ritmo.
Existe capacidad para transmitir la sensación de que las cosas están ocurriendo.
No estoy afirmando que un poder sea mejor que otro.
Tampoco pretendo generar una competencia institucional que sería perjudicial para el país.
Por el contrario.
Honduras necesita que ambos poderes funcionen en armonía.
Necesita un Congreso fuerte.
Pero también necesita un Ejecutivo fuerte.
Lo que ocurre es que hoy la percepción ciudadana comienza a mostrar una diferencia evidente entre ambos ritmos de gestión.
Mientras el Legislativo transmite movimiento, el Ejecutivo transmite preparación.
Mientras el Legislativo proyecta ejecución, el Ejecutivo continúa proyectando planificación.
Y la ciudadanía, como ocurre en cualquier democracia moderna, siempre premia más la ejecución que la planificación.
El gobierno del presidente Asfura todavía dispone de algo extremadamente valioso: confianza.
La población aún quiere que le vaya bien.
La empresa privada quiere que le vaya bien.
Los trabajadores quieren que le vaya bien.
Los jóvenes quieren que le vaya bien.
Porque cuando a un gobierno le va bien, al país le va bien.
Pero precisamente por esa razón, considero que ha llegado el momento de acelerar.
De poner en marcha medidas de impacto inmediato.
De recuperar la iniciativa política.
De instalar una narrativa basada en resultados concretos.
De acercar nuevamente al Presidente a los problemas diarios de la población.
Los gobiernos exitosos son aquellos que logran reducir la distancia entre la expectativa y la realidad.
Y hoy esa distancia comienza a ser percibida por muchos hondureños.
Todavía estamos a tiempo.
Todavía existe margen.
Todavía existe confianza.
Pero la política tiene sus tiempos.
Y esos tiempos rara vez esperan.
Honduras necesita un Poder Legislativo que continúe funcionando bien.
Pero también necesita que el Poder Ejecutivo recupere velocidad, protagonismo y capacidad de respuesta.
Porque al final del camino, la historia no recuerda las promesas.
La historia recuerda los resultados.
Y es precisamente allí donde el gobierno tiene la gran oportunidad de construir su legado.