Por: Ángela Sosa
Hablar de derechos humanos no consiste únicamente en conocer tratados, convenciones o leyes. Defender derechos humanos implica tener la capacidad de reconocer el dolor ajeno, comprender las circunstancias que colocan a una persona en situación de vulnerabilidad y, sobre todo, levantar la voz cuando las instituciones llamadas a protegerla parecen no responder con la diligencia que las circunstancias demandan.
Desde esa perspectiva quiero dedicar estas palabras a la abogada Marcela Caro, una profesional que, desde mi experiencia y valoración personal, se ha convertido en una auténtica defensora de los derechos humanos de la diáspora hondureña en los Estados Unidos de América.
Su trabajo merece ser visibilizado porque detrás de la migración existen historias humanas. Hay madres y padres separados de sus hijos, familias enfrentando incertidumbre, trabajadores que desconocen sus derechos y hondureños que, en momentos particularmente difíciles, necesitan sentir que el Estado de su país de origen no los ha olvidado.
En ese sentido, Marcela ha demostrado una profunda sensibilidad frente a esa realidad. Pero su aporte no se ha limitado a expresar preocupación o solidaridad. Ha trabajado en estudios de riesgos para el migrante y ha formulado propuestas encaminadas a activar y fortalecer mecanismos de protección consular para los hondureños en el extranjero.
Eso es particularmente importante porque la protección consular no debería entenderse como un favor que el Estado concede a sus ciudadanos. Constituye una función pública de enorme relevancia para quienes se encuentran fuera de las fronteras nacionales, especialmente cuando enfrentan situaciones de vulnerabilidad y necesitan orientación, información o asistencia dentro de las competencias que corresponden a las autoridades consulares.
Sin embargo, desde la perspectiva que hemos venido planteando, las propuestas y advertencias presentadas por Marcela no han recibido hasta ahora la atención que merecen. Frente a las evidencias y preocupaciones expuestas sobre las deficiencias de la protección consular, han sido insuficientes las explicaciones institucionales que ha ofrecido recientemente la Cancillería sin abordar de manera efectiva el problema de fondo.
Porque detrás de cada estadística migratoria hay un ser humano. Y detrás de cada hondureño que abandona su tierra existe también una pregunta que el Estado debe atreverse a responder: ¿por qué se fue?
Durante décadas, miles de hondureños han buscado fuera de su país las oportunidades, la seguridad y la estabilidad que no encontraron dentro de él. Por eso considero que el fenómeno migratorio no puede analizarse exclusivamente desde las decisiones individuales de quienes emigran. También debe examinarse desde las condiciones estructurales que impulsan a las personas a abandonar su lugar de origen en donde el Estado es indudablemente responsable.
Un Estado no puede desentenderse de sus ciudadanos después de que estos cruzan una frontera. Precisamente allí adquiere especial importancia la causa que impulsa Marcela Caro: al exigir que Honduras fortalezca una verdadera política de protección consular que responda a las necesidades de su población migrante.
Defender al migrante hondureño también significa recordarle al Estado sus obligaciones. Significa exigir instituciones consulares cercanas, humanas, preventivas y capaces de orientar oportunamente a las comunidades que representan. Por eso considero que esta especial mujer encarna una característica indispensable de quien defiende derechos humanos: la empatía transformada en acción.
Este artículo no pretende apropiarse de su lucha ni hablar en su nombre. Es apenas un eco de una causa que ella ha venido impulsando y gestionando desde hace años. Y es mi manera de reconocer públicamente a una mujer profesional que ha decidido utilizar sus conocimientos y su voz para colocar sobre la mesa una realidad que no debe continuar siendo ignorada.
La defensa de los derechos humanos necesita personas capaces de incomodar a las instituciones cuando sea necesario, pero también capaces de presentar propuestas y buscar soluciones. Hoy quiero reconocer precisamente eso. Abogada Marcela Caro: que su voz continúe llegando hasta donde tenga que llegar. Que sus propuestas sean escuchadas y que su compromiso contribuya a construir una protección consular más humana y efectiva para nuestra diáspora.
Porque nuestros migrantes no dejan de ser hondureños al cruzar una frontera. Y Honduras tampoco debería dejar de protegerlos cuando están lejos de casa.