Los perros podrían tener una capacidad mucho más sofisticada de lo que se creía para interpretar las emociones humanas. Una investigación internacional publicada en la revista científica iScience encontró que el cerebro de estos animales presenta patrones de actividad diferentes cuando observan rostros humanos asociados con distintas emociones.
El hallazgo aporta nuevas evidencias sobre la estrecha relación que existe entre perros y seres humanos después de miles de años de domesticación y convivencia. Aunque investigaciones anteriores ya habían demostrado que los canes pueden distinguir expresiones felices de rostros neutrales, el nuevo trabajo profundizó en la manera en que reaccionan ante emociones consideradas negativas, como el miedo, la tristeza y el enfado.
Los investigadores utilizaron resonancia magnética funcional para observar qué regiones del cerebro de los perros se activaban mientras observaban fotografías de rostros humanos con diferentes expresiones.
Los resultados muestran que la respuesta cerebral de los animales no es idéntica frente a todas las emociones. Por el contrario, determinados patrones neuronales permiten distinguir entre diferentes expresiones, especialmente cuando se comparan el miedo con el enfado o la tristeza.
El cerebro canino responde a las expresiones humanas
Uno de los principales hallazgos se relaciona con la actividad registrada en regiones del hemisferio derecho del cerebro de los perros.
Cuando los animales observaron rostros humanos felices, los investigadores detectaron una fuerte activación en zonas como el córtex temporal y el núcleo caudado, además de otras regiones relacionadas con el procesamiento visual y social.
El núcleo caudado resulta especialmente relevante porque forma parte de los circuitos cerebrales vinculados con la recompensa. En los perros, esta región puede activarse ante estímulos positivos como alimentos, palabras afectuosas, determinados olores asociados con sus cuidadores o señales que anticipan una recompensa.
Laura Cuaya, investigadora de la Universidad de Viena y una de las responsables del estudio, explicó que observar un rostro humano permite a los perros obtener información que podría ayudarles a anticipar lo que ocurrirá después.
La interpretación de una expresión facial, por tanto, no sería únicamente una cuestión de reconocer formas o colores, sino que podría formar parte de un proceso de evaluación social.
Dos experimentos para observar la actividad cerebral
La investigación se desarrolló en dos etapas.
En la primera participaron ocho perros, que fueron sometidos a sesiones de resonancia magnética mientras observaban fotografías de personas con expresiones felices y neutrales.
Los científicos analizaron las diferencias en la actividad cerebral provocadas por ambos tipos de rostros y encontraron una red de regiones activadas principalmente en el hemisferio derecho.
Entre las zonas involucradas estuvieron el córtex temporal, el núcleo caudado y el córtex piriforme.
Raúl Hernández-Pérez, científico de datos y coautor de la investigación, explicó que la actividad registrada comenzaba en regiones temporales y se extendía hacia otras áreas relacionadas con el procesamiento de la información.
El patrón observado permitió descartar la idea de que los perros simplemente estuvieran reaccionando a características físicas de las imágenes.
No solo reconocen caras
Uno de los aspectos más importantes del estudio es que la respuesta cerebral no se limitó a las regiones visuales primarias.
Si únicamente se hubieran activado las áreas encargadas de procesar elementos básicos de una imagen, como formas, colores o contrastes, los investigadores no podrían descartar que los animales estuvieran reaccionando exclusivamente a características visuales.
Sin embargo, la activación de regiones asociadas con procesos más complejos apunta a que los perros también están procesando información relacionada con el significado social de los rostros.
Esto refuerza la hipótesis de que los canes han desarrollado mecanismos especializados para interpretar determinadas señales humanas.
El segundo experimento encontró diferencias entre emociones negativas
La segunda parte del estudio incluyó 12 perros y buscó determinar si el cerebro podía diferenciar entre distintas emociones humanas.
Para ello, los investigadores recurrieron a técnicas de aprendizaje automático capaces de analizar grandes cantidades de información procedente de la actividad cerebral.
El resultado fue especialmente llamativo: los algoritmos encontraron patrones diferentes cuando los perros observaban rostros asociados con miedo, enfado y tristeza.
La respuesta neuronal ante el miedo pudo diferenciarse de la observada ante el enfado y también de la relacionada con la tristeza.
El resultado sugiere que los perros no procesan todas las emociones negativas como una única categoría.
En otras palabras, aunque miedo, tristeza y enfado pueden ser consideradas emociones de valencia negativa desde la perspectiva humana, el cerebro canino parece responder de manera diferente a algunas de ellas.
Los científicos piden no interpretar demasiado los resultados
A pesar de la relevancia del hallazgo, los investigadores advierten que los resultados no permiten afirmar que los perros experimenten las emociones humanas exactamente de la misma manera que las personas.
Laura Cuaya pidió cautela al interpretar los resultados y señaló que las categorías de felicidad, miedo o tristeza corresponden a las expresiones utilizadas en las fotografías, pero no permiten conocer con certeza qué siente subjetivamente el animal.
La actividad cerebral demuestra que los perros procesan de manera diferente determinados estímulos, pero no permite determinar exactamente qué experiencia emocional tienen internamente.
Además, el estudio encontró una limitación importante: aunque el cerebro podía distinguir el miedo de otras expresiones, no todas las diferencias entre emociones negativas fueron detectadas de manera clara.
Esto podría deberse a que las diferencias sean demasiado pequeñas para ser captadas por la técnica utilizada o a que se produzcan únicamente en regiones específicas del cerebro.
Las fotografías podrían no contar toda la historia
Otra de las posibilidades planteadas por los investigadores es que las fotografías estáticas no sean suficientes para representar la complejidad de las emociones que los perros encuentran en su vida cotidiana.
En el mundo real, los animales reciben simultáneamente una gran cantidad de información.
El tono de voz, los movimientos corporales, los olores, el contexto, la distancia y las experiencias previas con una persona pueden aportar información adicional que no aparece en una fotografía.
Por ello, los investigadores consideran que el cerebro de un perro podría procesar las emociones humanas de una manera todavía más compleja cuando se encuentra en un entorno natural.
Perros entrenados para permanecer inmóviles
Realizar este tipo de investigaciones supone un desafío considerable debido a las condiciones de una resonancia magnética.
Los perros tuvieron que ser entrenados previamente para permanecer completamente inmóviles dentro del escáner.
El movimiento representa un problema importante porque puede alterar las imágenes obtenidas. Según Cuaya, desplazamientos superiores a aproximadamente tres milímetros durante una sesión de seis minutos pueden hacer que los datos pierdan utilidad científica.
Los animales seleccionados fueron principalmente border collies, en parte por sus características físicas y por su capacidad para seguir instrucciones durante el entrenamiento.
Sin embargo, los propios investigadores reconocen que esta selección representa una limitación.
Un grupo de perros muy particular
Los animales que participaron en el estudio eran sanos, tenían un comportamiento equilibrado y pertenecían a familias dispuestas a dedicar tiempo al entrenamiento necesario.
Esto significa que los resultados podrían no representar exactamente lo que ocurre en todos los perros.
La experiencia previa de cada animal también puede influir en la manera en que responde ante los rostros humanos.
Un perro que ha convivido durante años con personas y ha recibido determinado tipo de entrenamiento podría desarrollar respuestas diferentes a las de otro animal con una historia distinta.
Por esa razón, los investigadores consideran necesario continuar realizando estudios con muestras más amplias y perros de diferentes características.
Una nueva ventana al cerebro de los perros
Para la etología y la neurociencia animal, el estudio representa un avance porque permite pasar de la simple observación del comportamiento a examinar directamente los mecanismos cerebrales que participan en esas respuestas.
La etóloga española Paula Pérez destacó que anteriormente los investigadores tenían que interpretar principalmente las conductas de los perros, mientras que las técnicas de neuroimagen permiten observar qué regiones del cerebro participan cuando reciben determinados estímulos.
El trabajo demuestra que el cerebro canino puede presentar diferencias de actividad incluso ante emociones que pertenecen a una misma categoría general.
Esto abre nuevas preguntas sobre la manera en que los perros interpretan a sus cuidadores y a las personas que los rodean.
Miles de años de convivencia con los humanos
La capacidad de los perros para interpretar señales humanas no resulta completamente inesperada.
La relación entre ambas especies se remonta a decenas de miles de años y la domesticación favoreció la aparición de comportamientos que permitieron a los perros adaptarse a la vida junto a las personas.
Durante generaciones, los animales que eran capaces de interpretar determinadas señales humanas pudieron tener ventajas para conseguir alimento, protección y cooperación.
La investigación actual aporta una nueva dimensión a esa historia evolutiva: no solo se trata de que los perros aprendan determinados gestos mediante la experiencia, sino de que su cerebro podría estar especialmente preparado para procesar información social procedente de los seres humanos.
Un descubrimiento que abre nuevas preguntas
Los resultados del estudio no significan que los perros comprendan las emociones humanas de la misma forma que las personas, pero sí aportan evidencia de que sus cerebros responden de manera diferenciada ante distintas expresiones faciales.
La fuerte respuesta ante rostros felices y la capacidad de distinguir determinados estados emocionales negativos muestran que la comunicación entre humanos y perros puede ser mucho más compleja de lo que refleja una simple interacción cotidiana.
Los investigadores consideran que futuras investigaciones deberán incorporar más animales, diferentes razas y estímulos más cercanos a las situaciones reales.
Por ahora, el estudio ofrece una conclusión importante: cuando un perro observa el rostro de una persona, su cerebro no parece limitarse a identificar una cara; también procesa información social que puede ayudarle a interpretar qué está ocurriendo y qué podría suceder después.